A los 44 años, la vida le dio a Fernando Borrego –su verdadero nombre– la oportunidad de conocer la fama, tener dinero y viajar por el mundo, pero se la quitó justamente tres años después. En ese tiempo, vivía satisfecho de haber renunciado para siempre a manejar un tractor, uno de los oficios que lo marcaron, aunque se jactaba de ser un campesino triunfador.
 Se autocalificaba como "Guajiro Natural" – título de su primer disco - apareció de repente en el firmamento musical cubano. Según consta en las listas de los temas más escuchados, a mediados del 2001 Polo encabezaba el hit parade de emisora Radio Rebelde, con la canción "Un montón de estrellas", de su primer disco, éxito con los que se echo en el bolsillo a disímiles públicos en el mundo, sobre todo el de Colombia, donde vendió más de 490.000 copias, en dicho país conquistó disco de oro y platino, y poco después en Cuba, donde llegó a ser el intérprete más escuchado.
Polo, nacido en la pinareña Sierra de Rosario y de formación autodidacta, de la noche a la mañana consiguió el cariño de su pueblo, al punto que en los últimos meses fue capaz de llenar plazas y estadios de la geografía cubana. Su rápida promoción en América Latina y Europea, llevó a Polo a la cima del éxito internacional, por lo que sorprendió a todos en mayo de este año con "Guitarra mía", su segundo disco bajo la producción del sello LUSAFRICA.
En los tres años que duró la euforia de su presencia, Montañez apenas se preocupó de sus modales campesinos. Comía sin respetar leyes de conducta en la mesa, entraba al estudio con la camisa estrujada, recién salida de un bolso de viaje, no le importaba el largo de su jean. Con esa forma natural y desenfadada de comportarse en público, conquistó literalmente a los cubanos, que incluso celebraran cualquier dislate del cantautor durante una entrevista y posiblemente disfrutaban su rápido lenguaje de palabras cortadas y mal pronunciadas. Era el mismo campesino silvestre si almorzaba en familia o si grababa en un estudio ante un montón de desconocidos. Así se comportó durante los tres años que duró su vertiginosa fama, y eso, en la sicología de las multitudes, es una cualidad bendita.
A la edad de 44 años contaba con más de 70 canciones de autoría personal escritas de forma autodidacta, pues no tiene ninguna formación profesional ni conocimientos musicales que no sean los que aprendió de escuchar los sonidos del monte.
Además de componer y cantar canciones inspiradas en el amor y los conflictos de la vida, Montañez lo hacía con naturalidad y ternura. Componía con una mezcla de géneros, como un ajiaco, tomando de referencia los ritmos que iba conociendo, así fue formando un estilo bien propio con temas sobre sucesos personales o ajenos impregnados de elementos campesinos: La yunta de buey, el olor del carbón, el aroma del batey.
Nunca visitó una academia, no aprendió a escribir música, lo cual lo diferenció de la mayoría de sus colegas en Cuba, pero era como un rey en el trono.
 Su voz y letra le dieron la oportunidad de conocer gente, viajar, cantar y Compartir con artistas como Rubén Blades, Andy Montañés, Margarita Francisco, César Évora, Cándido Fabré, Francisco Repilado Compay Segundo), Eliades Ochoa, Adalberto Álvarez, Danny Rivera y otros.
La noticia de su fallecimiento el 26 de Noviembre de 2002 recorrió el mundo. Cuba entera se había conmocionado. Uno de sus más carismáticos músicos de los últimos años, Polo Montañez, se había ido para siempre.
Una vez más, un ídolo moría sin aviso, y una vez más, el pueblo demostraba que no está preparada para aceptarlo. La muerte inesperada de Polo Montañez, el cantante más popular de la Isla, había dejado a los cubanos sin aliento.
Con el sacrificio de su propia existencia, Montañez certificó, irónicamente, la validez de una máxima suya que aparece en una de sus piezas más populares: la vida es una ruleta, y hay que seguir jugando. |